CUENTO: OKAASAN

Por: Samuel Matsuda Nishimura

Uno

“Buenos días, señora María”, saludó el cliente mañanero al ingresar   a la panadería bodega.

“Bono día, don Rucho”, respondió sonriente la sexagenaria japonesa desde el otro lado del mostrador. “¿Cuánto pan, don Rucho?”.

“Déme cinco panes, cien gramos de jamonada, medio paquete de mantequilla, un kilo de azúcar, un papel higiénico y una cajita de fósforos”, dijo don Lucho.

La señora María iba colocando cada cosa encima del mostrador y al entregar el último pedido, dijo la cuenta: “Quince sores ochenta”.

Exacto, S/.15.80, sin papel ni lápiz. Don Lucho se rascaba la cabeza. ¿Cómo esta mujer que apenas masticaba el castellano le ganaba a él a sumar con lápiz y papel a la mano?  No se imaginaba que la señora María había instalado en su cerebro un ábaco que, conforme iba saliendo la mercadería, iba automáticamente sub-totalizando los precios del sin fin de productos que ya tenía almacenados en su disco duro.

okaasan

Dos

Claro está, María no era su nombre verdadero. El vecindario le había puesto el nombre a esta señora de rasgos orientales, amable pero de carácter fuerte, terco y tenaz que desde muy joven supo sobreponerse a todos los dolores y sufrimientos protegiéndose con su espíritu de trabajo y su ética inexpugnable de responsabilidad, amor y fidelidad familiar que jamás abandonó.

Frisaba 26 años cuando, acompañada de sus dos pequeños hijos, fue al destartalado espigón del puerto de Naha, Okinawa, a despedir a su esposo que partía hacia un lejano país llamado Perú, decidido a trabajar duro y parejo, ahorrar lo más posible y regresar.  Su esposo no pudo regresar y siete años, un tanto lisiado después de caerse del caballo en la chacra, la llamó: “Ven, en pareja se avanza más rápido”.

en el campo

Otro adiós más triste, despedirse de sus dos hijos varones, más crecidos y sensibles a la realidad familiar, con la esperanza del reencuentro… algún día. Las circunstancias de vivir en una islita pobre y las posibilidades de mejorar sus condiciones económicas y avanzar más rápido en pareja, la obligaron a dejar a sus dos hijos menores al cuidado de los abuelos.

Para la madre no hubo reencuentro con el menor de ellos. ¡Qué dolor! El segundo hijo ya adulto se había ido para siempre sin haberlo criado, sin experimentar una despedida de ella en la puerta de la casa cuando él se iba a la escuela;  se fue sin haberle ayudado a bajarle la fiebre cuando tenía fiebre alta; se fue sin haberlo acompañado en los días penosos de la guerra; quizás, se fue pensando en la madre que no estaba a su lado, y la madre que no estaba a su lado en ese momento crucial, no supo que nunca jamás  vería a su hijo. La triste información le llegó muchos días después.

Para una madre, para en particular esta madre emigrante, no fue la muerte o la noticia de la muerte la que golpeó y estrujó su alma. No. Fue la vida que no pudo vivirse junto con sus hijos, en las buenas y en las malas, toda la familia junta.

Tres

¿Cómo trabajaba, doña María? Las enfermedades se rendían ante su ánimo y su capacidad de trabajo. Ella no se quejaba y más bien todo lo hacía con alegría y entusiasmo, por su familia, aquí, al otro lado del océano, lejos de su tierra natal a la que solo pudo regresar treinta años después… pero solo de visita reminiscente.  No se quedó por esos lares. Ya estaba acostumbrada al Perú y volvió a este querido país adoptado para continuar disfrutando de la vida con sus hijos, nietos peruanos y demás familiares asentados aquí.

Desde que llegó a tan lugares alejados y desconocidos (Casablanca en Cañete o la hacienda Bocanegra en el Callao), para ella la tierra en donde hundes los pies y el arado que da trabajo y comida no es tierra desconocida: es la misma tierra creada por Kamisama (Dios) en cualquier parte del mundo.

familia

Hasta los 84 años de edad no pisó hospital. A esa edad la osteoporosis que desde hace algún tiempo rascaba sus rodillas, le puso un cabe que la hizo rodar por las escaleras fracturándole la cadera. No se quejó mayormente del dolor intruso que no pide permiso. A partir de tal accidente su salud fue minándose, y más se resquebrajó porque fue sintiéndose inútil. Ella que había trabajado hasta 16 horas diarias sin descanso por un largo periodo, tomando por las astas a las vacas flacas hasta derrotarlas, se sentía impotente frente a dos muletas que desafiaban su orgullo.

Un día de verano, su compañero de toda la vida partió nuevamente, esta vez para siempre, a los 93 años. No se despidió de él porque no supo de su partida. Lo que sí supo con él es que en pareja y con amor se avanza.

Dos veranos después, a mediados de marzo, andando por los 96 años, esta madre inmigrante que enseñó su espíritu de lucha y trabajo por donde el destino la llevó, quiso descansar y casi de repente también se fue sin despedirse. No le agradaban las despedidas. Sí los reencuentros. Salvo uno, con su segundo hijo que los malos tiempos impidieron, tuvo muchos momentos y reencuentros felices.

Cuatro

En mi dormitorio ella me acompaña. Todas las mañanas siento que se alegra bastante cuando la saludo:

“Ohayo, Okaasan”.

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Autor: Samuel Matsuda Nishimura, Periodista y escritor

Revista Freyja, Mayo 2017

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