LOS NIÑOS Y LA ESCUELA

Lic. Alberto Verástegui

¿Qué hacer si mi hijo no entiende una materia, se atrasa o se distrae con facilidad?

Estas situaciones suelen preocupar a los padres y llevarlos a exigir a sus hijos sin saber que pueden estar pasando por problemas de índole académico y emocional.

En primer lugar, para poder aprender un niño necesita sentirse seguro y apreciado, su mente no funcionará bien a menos que se cumplan las condiciones fundamentales de ser bienvenido y apreciado. En la escuela necesita saber que su profesor le estima y lo considera especial. Necesita saber que en la escuela no se van a reír de él y que nadie le va a amedrentar ni humillar. Necesita que se le anime, que se espera mucho de él y que haya mucha diversión.

El juego, que es el lenguaje y ocupación de los niños, sigue siendo muy importante durante la edad escolar. Entre más se les permita que jueguen junto a sus actividades de aprendizaje, más pronto desarrollará habilidades y captará nueva información. En casa, todo niño necesita de afecto, bondad y cierta cantidad de atención individual de parte de sus padres, aunque sólo sean 5 minutos antes de ir a dormir o durante un viaje en coche.

Para que en las escuelas se fomente el aprendizaje y que los padres lo apoyen, necesitamos asegurarnos que las necesidades de los niños se cubran tanto en la casa como en la escuela.

Algunos conceptos claves a tener en cuenta: 

* Los niños necesitan sentirse amados, o por lo menos comprendidos y respetados, para que sus mentes tengan la claridad necesaria para aprender.

* Los niños necesitan grandes cantidades de afecto y cercanía física. La cercanía abastece a su autoconfianza y libera sus mentes de las dudas en cuanto a su capacidad. Los niños que se sienten inseguros de sus capacidades no se pueden concentrar para aprender.

* Los niños aprenden mejor a través del juego y las actividades prácticas. No hay mejor maestro que la práctica. Necesitamos aulas en donde los niños realicen actividades juntos, practiquen y se enseñen unos a otros lo que van aprendiendo. En particular, el juego libre sin fines de competencia ni reglas es un gran promotor del intelecto, la imaginación y la autoconfianza en los niños. Saltar sobre las camas en casa, perseguirse corriendo, jugar luchas y almohadazos (en las que los niños ganan, por supuesto), son la clase de juegos que fortalecen el espíritu en los niños y les proveen de suficiente diversión para que se mantengan optimistas aun cuando lo que viven en la escuela no les inspire. Cuando la vida se siente como una faena cansada y aburrida, el aprendizaje simplemente no se da. El juego libre es muy importante porque mantiene viva en el niño la chispa de esperanza e interés.

* Los niños necesitan la libertad de cometer errores y hacer preguntas sin temor a ser avergonzados o humillados. Las “fallas” y los errores enseñan tan bien como los éxitos, siempre y cuando se respete al niño.

* El profundo sentido de justicia de los niños exige que ellos y otros sean tratados con justicia y consideración. Justicia para ellos significa que se fijen límites, pero sin ira; que se establezcan reglas, pero sin humillaciones; que se enfrenten los problemas, pero sin atacar a las personas por tenerlos.

* Cuando un niño no puede concentrarse o aprender, por lo general hay un asunto emocional que bloquea su progreso. ¡Uno se siente mal cuando no puede pensar! Uno siente temor por dentro cuando no puede hacer lo que se espera de uno y uno no sabe qué hacer al respecto. Esto es lo que le sucede al niño cuando no puede escribir el relato que se le pide, aprenderse de memoria las tablas, ni concentrarse para hacer su tarea. El niño se siente mal, a menudo temeroso y muy solo.

* Cuando vemos a nuestro niño atorado de frustración con el aprendizaje, por lo general nos enfurecemos. Los problemas de nuestro niño nos hacen sentir exhaustos y vencidos. Asumimos algo parecido a: “¡Para esta edad, ya debería de poder hacer sus tareas solo! ¿Por qué necesita que YO le ayude?” Ansiamos que sus problemas desaparezcan para nosotros poder descansar.

* Si usted puede sentarse a su lado mientras el niño llora a rienda suelta por su frustración con la escuela, o hace un berrinche por no querer hacer la tarea, su niño se liberará de los sentimientos que le mantienen paralizado. El desahogo emocional le ayuda a los niños a enfocar su atención y recuperar el optimismo por el aprendizaje. Su niño no sonará “razonable” mientras llora enfurecido. Parecerá completamente convencido de los sentimientos terribles que ahora exprese. Pero asombrosamente, el llanto y la oportunidad de poder decirle a usted lo mal que se siente por dentro tienen un profundo efecto curativo. Por lo mismo, no trate de discutir ni razonar con él y limítese a hacerle sentir su cercanía para que pueda deshacerse de sus “fantasmas” por medio de lágrimas y expresiones pesimistas y furiosas. Esto no dura para siempre y entre más pueda llorar, más mejoría verá usted en su capacidad para concentrarse y creer en sí mismo.

* Primero, escuche a su niño hablar sobre su dificultad. Si está herido y frustrado, no podrá resolver su problema. Trate de mostrar bondad y optimismo para ver si esto le ayuda al niño a llorar o hacer un berrinche. Muy a menudo, si en casa se les da la oportunidad de desahogar sentimientos dolorosos a través del llanto tendido, los niños pueden desahogar lo que les hace sentirse víctimas y encontrar soluciones a sus problemas de la escuela.

* Deje que su niño sea quien esté a cargo de la solución. Después de que se haya deshecho de los grandes sentimientos, y después de que usted haya pasado un buen tiempo a su lado sin tratar de solucionarle el problema, pregúntele lo que quisiera hacer. Escuche con mucha atención. Tal vez haya un papel que usted pueda jugar si se trata de hablar con el maestro u otro estudiante. No asuma que por haberle mostrado a usted sus sentimientos, quiere que usted se haga cargo de la situación. Muchas veces, después de uno o varios llantos, el niño podrá decidir la mejor manera de enfrentar la situación.

* Podemos resolver mejor los problemas si tenemos también quién nos escuche. Cuando nuestros hijos batallan con algo, nos sentimos tan frustrados y molestos como ellos. Cuando se les trata injustamente, estamos dispuestos a pelear por ellos. Y cuando en casa parecen incapaces de hacerse cargo de sí mismos, dirigimos contra ellos nuestra frustración y más inútiles les hacemos sentir. En pocas palabras: cuando nuestros hijos sufren, nosotros también. Para ser buenos aliados y poder resolver problemas, necesitamos contarle a alguien lo que sentimos y lo que hemos intentado. Poder contar a alguien lo agotados y enojados que nos sentimos, nos ayudará a restablecer comunicación con nuestros niños, sus amigos y sus profesores. Nuestra capacidad de resolver problemas se mejora 100% si nos decidimos a encontrar a alguien que escuche nuestros temores y frustraciones, antes de tratar de intervenir para ayudar.

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