REFLEXIONES A PROPÓSITO DEL PRÓXIMO 10 DE ABRIL

 

Por Luis Fernando Cavero Barra

 

Mi amiga de hace muchos años, Silvia Ruiz Mogollón, me ha solicitado que exprese mi parecer sobre el actual proceso electoral que vive nuestro querido y sufrido Perú. Más aún, quisiera ella saber qué me parecen los aspirantes a gobernarnos durante los próximos 5 años, y quién, algo de por sí temerario y peligroso, creo que obtendrá los votos necesarios para ganar la justa electoral.

 Agradeciéndole la oportunidad le he aceptado acometer la tarea solicitada, aunque solo deslizaré algunas ideas sin atreverme a dar pronóstico alguno. Creo, empero, que previamente debo advertir que los pareceres, opiniones y juicios políticos siempre causan discusión y controversia, por lo que si algunos, o muchos, de los lectores de Freija discrepan de lo que escribiré, ello es natural y muy comprensible. Están en todo su derecho y siempre tendrán mi respeto. Por algo vivimos en democracia…

 Veamos… Lo que estamos observando, y esto no es novedoso, es que la mayoría de los peruanos no estamos contentos con lo que tenemos en la escena política. Desde hace muchos años (¿15, 20, 30 o más?) hemos visto políticos para todos los gustos, pero desafortunadamente la mayoría han sido (o son) impresentables, aventureros, ansiosos de figuretismo, ociosos, angurrientos, etcétera, etcétera…; en resumen, escasamente preparados para hacer política seria.

 En 1989, con Belmont, y luego en 1990, con Fujimori, el electorado ya había expresado que sentía rechazo a la denominada clase política. Ambos ganaron porque fueron percibidos como diferentes al típico político peruano. Sin embargo, con los años, especialmente con la experiencia del gobierno de Fujimori, muchos nos dimos cuenta que la política peruana seguía igual: cambio de rostros, de apellidos, aparición de “nuevas” organizaciones políticas, pero los viejos vicios, conductas y corruptelas de la política se mantenían. En esencia, la política seguía siendo solo un medio para hacer fortuna o incrementarla.

 Lo que sucede este 2016 es la expresión del malestar que tenemos muchos desde hace tiempo. No nos gustan quienes hacen política; sabemos que (con las naturales excepciones) nuestros políticos solo aspiran a vivir de sus bien remunerados cargos, que no piensan en mejorar el nivel de vida de sus electores (solo el de ellos mismos), ni menos están dispuestos a enfrentarse a los poderes fácticos para cambiar la realidad de injusticia, abusos, exclusión, desigualdad y carencias de la mayoría de peruanos. Que lo que ofrecen en sus campañas sólo son palabras o, en el mejor de los casos, ilusiones. Ya lo dijo nuestro actual presidente: “Una cosa es con guitarra y otra con cajón”. Es decir, una cosa es ser candidato y otra es gobernar. Entonces, ¿para qué engañarnos?

 Sabemos, porque tan ingenuos no somos, que sea quien sea nuestro próximo presidente, en lo fundamental el país no dejará de ser el mismo, que todo esfuerzo de cambio real será bloqueado y que tendremos, como siempre, que adaptarnos a quien venga y a lo que haga (o no haga).

Sin embargo, no podemos eximirnos de responsabilidad. “Todo pueblo tiene el gobierno que se merece”, es un dicho de inicios del siglo XIX que se aplica perfectamente a nosotros. Lo que hay en nuestra diversa “fauna política” refleja lo que somos y es consecuencia de la escasa responsabilidad que nos merece el votar.

 Y es que votamos sin meditar ni tratar de informarnos adecuadamente. Somos capaces de elegir a cualquier “vendedor de sebo de culebra”, o a cualquier personaje farandulero que de legislar o gobernar sabe tanto como de física nuclear.

 Además, nos dejamos manipular con sorprendente facilidad. Nos entusiasman candidatos que no tienen trayectoria política, cuyo pasado no conocemos, que se apoyan en su “apellido”, que se cuidan de mencionar quiénes los apoyan económicamente o están detrás; y que por su sonrisa, facilidad de expresión, simpatía, juventud, buena “presencia”, novedad, etcétera, finalmente obtienen nuestro voto.

 Salvo mejor parecer, la realidad peruana es ésa. Por eso nos provoca tanta apatía el tener que votar. Keiko Fujimori, Alan García, Pedro Pablo Kuczynski y el devaluado Alejandro Toledo fueron denominados, y con razón, el “elenco estable” de la política peruana. Una no tiene mayores logros que exhibir en su vida salvo ser la hija de un expresidente (sentenciado por corrupto y homicida); los otros tienen propiedades y dinero obtenidos, todos lo sospechamos, gracias a la política. Lo que sabemos es que con cualquiera de ellos en el poder no cambiará el país. Solo representan a diferentes grupos o intereses económicos que invierten en sus campañas (muchas veces de manera oculta) para sacar buen provecho con ellos en el poder. Y la gran mayoría de quienes los rodean y siguen solo buscan “chambear” en el Estado. Punto

Pero… ¿y los candidatos que no son parte del elenco estable? ¿Los “nuevos”?

Pues no me parecen diferentes. Algunos incluso me producen temor, asombro, cuando no hilaridad. Imaginen como presidente, o jefe de Estado, al “doctor” César Acuña, aquel que es de una “raza diferente”, cuyo mayor mérito es tener “plata como cancha”, y que le ha picado el bicho de dar a su país algo de lo mucho que ha recibido (qué tal cuento, ¿no?); o al outsider, don Julio Guzmán, de quien se sabe muy poco, y nunca menciona quiénes lo sostienen económicamente desde el 2014, año en que fue presentado públicamente en la CADE, pero que siempre está sonriente, mostrando una imagen de profesional “exitoso” y “feliz” (viejo pero efectivo marketing personal creado en USA), con una impresionante presencia en las “redes sociales” (al estilo americano o español), y que nos promete recuperar a nuestro “secuestrado” (¿?) país, recordándonos que votemos con “ilusión” (en él por supuesto) y nos olvidemos de los “dinosaurios” de la política peruana. Todo un producto de marketing, el muchachón.

En fin, hasta hoy, 24 de febrero de 2016 (día en que escribo este artículo), entre estos candidatos, según las diversas empresas encuestadoras, está nuestro próximo presidente. Aunque, claro, en nuestro país nunca se sabe. Tal vez alguno quede fuera de carrera (JNE mediante). Además, algunos ya hablan de las buenas perspectivas de Verónika Mendoza (otra candidata con K, ¿qué curioso, no?) y de Alfredo Barnechea. Dicen que ambos están en alza…

 ¿Quién será elegido? La respuesta la sabremos en junio, pero desde ya meditemos con responsabilidad sobre a quién daremos nuestro voto, tanto en abril como en junio. Solo en la mesa de votación tenemos algo de poder, usémoslo bien. Es lo único que podemos y debemos hacer.

 Nota adicional: Les recomiendo escuchar el antiguo vals criollo “Parlamanías”, compuesto por Serafina Quinteras e interpretado por Los Troveros Criollos. Ya hace 60 años las elecciones eran toda una jarana…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *